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Hace unos tres años empece a hacer fotos de la azotea de la finca que veo siempre que salgo a mi terraza. Lo hice con la intención de que al observar las imágenes captadas en momentos distintos éstas me desvelaran algún misterio. Buscaba una suerte de sugestión poética nacida de la contemplación de este pequeño paisaje urbano. Para mí, esta estructura arquitectónica tan elemental y exenta de la menor pretensión estética puede sintetizar el hábitat perfecto en el que unos imaginarios personajes nos revelarían algún secreto. Dicho de otro modo, aquella imagen tenía el aura de la escenografía perfecta. Era bella i avivaba en mi un sentimiento del espacio escénico muy ligado al alma de los personajes cuyas sombras ya adivinaba moviéndose en las partes ocultas a la vista. Siento predilección por las terrazas y las azoteas, tienen una gran capacidad metafórica. Pensaba en estos volúmenes convertidos en maqueta y luego en gran escenografía montada en un teatro espléndido. Pensé que el juego de las fotos me permitiría aprender algo nuevo sobre el oficio de escenógrafo. Imaginar, al fin y al cabo, es una distracción absolutamente necesaria. Solo por el placer de imaginar.

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