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TEATRO VALENCIANO. Un canon impensado (3)

 

Quiero pensar que el canon ahí está, flotando por encima de la Albufera, y que se trata de descifrarlo en colaboración. También he de reconocer que he empezado a escribir con la idea de aproximarme a un problema medular del teatro valenciano: la ausencia de un canon común sustentado en unos referentes claros y que empiezo a dudar de mi capacidad para alcanzar semejante objetivo. Y lo que es peor: empiezo a dudar que sea mejor tener canon que no tenerlo. Pero continúo, aunque el proceso de escritura me está desvirtuando el pensamiento inicial. ¡Qué novedad!

Al activar la memoria ésta atiende a su particular cronología retrocediendo a las primeras impresiones de espectador. La más apoteósica, aunque no la primera, fue la obra de la compañía de Lindsay Kemp: Flowers, en el Teatro Principal de Valencia (1980). Se que el impacto de esta obra fue muy general, aunque nos dejó especialmente conmovidos a los más jóvenes. Y no sé si ese mismo espíritu juvenil y la agitación interior que le es propia sobredimensionó el hecho o es que realmente aquello fue una verdadera revelación. Siento que se trata de un hito en nuestra discreta historia reciente y un claro ejemplo de lo que hace mucho que ha dejado de suceder en este lugar: que todos, absolutamente todos, vibremos de emoción ante una misma experiencia teatral y el hecho se convierta en referente común de admiración y asombro perdurables. Esta obra también nos condujo a Fassbinder, Genet , Passolini y a toda una estética y una beligerancia artística con la que conjurar la homosexualidad en un tiempo de sufrimiento y represión. Pero todo eso está guardado en otra caja.

La edad es determinante en la construcción de tu imaginario referencial. Asumo que pretender armonizar las sensibilidades de las distintas generaciones tiene algo de antinatural. Pero que unas se comprendan a otras no ha de ser imposible y debiera bastar con la generosidad de la parte más granada combinada con la curiosidad y reconocimiento de la más pujante. ¡Vaya! Realmente empiezo a ser mayor. Supongo que este mismo razonamiento ya es síntoma de decadencia, como si no fuera artísticamente mucho más apasionante el questionamiento y el conflicto intergeneracional.

Aparte de hacerme la contraria a mi mismo quiero hablar de mis primeras experiencias como espectador en una comarca valenciana de interior al poco de morir aquel dictador de la voz de pito. La intuición femenina me dice que lo primero, por insignificante que sea, se encarna en la biografía con más vigor que el episodio más excepcional acontecido en tiempos más vívidos. Quiero pensar que mis primeras experiencias abajo del escenario han de tener muchas analogías con las de cualquier otra persona próxima a mi generación y entiendo que es eso lo que puede poseer algún valor en esta especie de intento de búsqueda de una conciencia colectiva a través de la más individual.

La primera función que vi de teatro en catalán siendo un niño fue la de la mítica Claca en el Teatro Español de Albaida, mi pueblo. Aún me viene a la memoria una tonadilla recurrente en la representación… (Oh! Cap de fusta!) Me maravillo siempre al pensar en aquella función de Joan Baixas y Teresa Calafell. Ocurrió hace casi 50 años y muchos espectacúlos de títeres estrenados ahora mismo resultarian anticuados y rancios en la comparación. Por contraste lo siguiente fueron unos títeres de cachiporra en la calle – sentados todos los niños en la acera- protagonizados por el implacable Chupagrifos. Esto sí fue lo primero… ¡Qué cosas! Títeres… ¡Aquellos títeres! Y algún año después un sainete valenciano en la plaça Sant Antoni de Benissoda.

De adolescente aún llegué a tiempo de conocer a alguna de las compañías independientes que llegaban a las comarcas con sus montajes en valenciano: Pluja, L’entaulat, L’horta… De sus equivalentes estatales oí hablar luego, transcurrido el tiempo y por dedicarme a esto. Goliardos, Tábano, TEI. Las obras de estas nuevas compañías valencianas me parecían muy estimulantes porque me forzaban a pensar y tomar partido y además empezaba a oír mi propia lengua de forma culta, en el teatro, y eso me llenaba de orgullo.

También me ha hablado Enric Benavent de la compañía universitaria Uevo en la que estaba él mismo, Teresa Lozano, Julio Mañez y alguno más pero, como ocurre con tantas experiencias importantes para el teatro valenciano ésta sucedió antes de mí y algo debe haber de lo que ocurrió entonces y otras muchas veces que me llega a través de estas personas que lo impulsaron y con las que luego he compartido vida. Quiero pensar que todo lo que sucede alrededor nuestro, aunque no participemos directamente en ello, tiene una manera de infiltrarse en nuestra experiencia si somos capaces de desplegar ciertos capilares misteriosos. También se activa en mí esa misma sensación cuando me han hablado de los muchos teatros comerciales que funcionaban en Valencia en los años 50, 60 y 70, Compañeros como el mismo Enric Benavent, Antonio Díaz Zamora o Josep Palanca refieren mil anecdotas alrededor de la vida de estos teatros que sin apenas notarlo van conformando una especie de preludio legendario envuelto en misterio y fascinación. Preludio fantasioso compuesto y divulgado por unos muchachos enamorados del teatro. Estos tres que he nombrado lo fueron y lo siguen siendo casi una vida después.

Se puede pensar que estos referentes indirectos no tienen el peso suficiente para resistir la corriente de lo sucedido ante la propia mirada pero las huellas más tenues siguen estando ahí aunque no las veamos y confieren riqueza y profundidad a nuestro conocimiento. Todo nos conforma.

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