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TEATRO VALENCIANO Un canon impensado (4)

Toda nuestra experiencia se va incorporando a la memoria organizándose alrededor de unos polos específicos, algunos secundarios y otros más importantes. He empezado enfocando el núcleo, (sintetizo: lo que hacemos cuando decimos que hacemos teatro aquí), para observar lo que se iluminaba alrededor. Y al mirar, no puedo evitar los saltos dispersantes típicos de mi cabeza pensadora.

Otro brinco retrospectivo, me lleva a todo lo que generó un espacio emblemático en nuestra historia reciente, el Valencia Cinema. Todo lo que allí se programó, ahí está, guardado en un cajón juvenil. Vi pocos de aquellos espectáculos (andábamos todo el tiempo de bolos), pero creo que tengo perfectamente asumidos, de manera bastante inconsciente, los criterios de los responsables de aquel espacio. En su escenario, se veía un teatro nuevo y directo que apelaba muchas veces a la sátira y al humor. De esta forma, se reforzaba la tensión política y se ensanchaba el espacio de una izquierda muy necesitada de reivindicar su propia identidad cultural y desafiar la mentalidad más conservadora, custodiada aún por la cofradía franquista. Había una gran predilección por el teatro independiente catalán, entonces en su mejor momento, y el Valencia Cinema y sus gestores se convirtieron en sus principales valedores.

La Cartelera Túria contribuyó a la sensación de que aquel teatro fue un elemento capital en la transición valenciana y en la construcción de nuestra sensibilidad colectiva. Esta publicación semanal hizo de altavoz de un amplio discurso crítico de contenido político, artístico, estético, gastronómico y pornográfico, del cual formaba parte indisociable el teatro de la calle Quart.

No quiero que parezca una reivindicación nostálgica, pero fue un tiempo en el que se llegaron a consolidar y compartir unos parámetros que nos ayudaron a valorar nuestro propio teatro de manera más concordante. Sin embargo, al hacer un esfuerzo de regresión sensitiva de aquella época, me daba bastante rabia el Valencia Cinema, el primer Centro Dramático del edificio Rialto, Joan Monleón, Juli Leal, Rosita Amores, Amadeu Fabregat, Casimiro Gandía y los diferentes protagonistas de aquel mundo teatral y sus alrededores. Nos sentíamos excluidos. Lógico, éramos unos mindundis. También me daba bastante rabia la misma cartelera Túria, pero la leía todas las semanas con devoción, dicotomía perfecta. Lo que ha pasado después con esta publicación, sí que es una lástima, porque disponer de un espacio intelectual en el que debatir, criticar y reír es impagable y, probablemente, muy vertebrador. Y el Facebook y derivados obviamente no sirven para lograr todo eso, ya todos lo hemos comprobado. Hoy, la Túria es como un fósil del que aparece alguna vértebra fotografiada por algún paleontólogo de pega, precisamente en el mismo Facebook.

Con la Cartelera Túria, se entretejió un enorme compendio de crónicas teatrales, escritas por un reducido grupo de críticos que aportaron, en aquel tiempo, una buena base con la que incentivar un criterio amplio en sus lectores. ¿Y quienes eran mayormente esos lectores? Gente de teatro, de cine, de literatura y de otros ámbitos artísticos que conformaban la “cultureta” de entonces y que, cada cierto tiempo, aparecían en los mismos escritos de aquellos opinadores. Me incluyo en ese grupo y, al igual que yo, creo que la mayoría hemos acabado comprendiendo que no es real aquel poder que les otorgábamos. Nunca fue real que una buena crítica llevara de forma ostensible público a la sala. Yo, al menos, nunca percibí tal efecto.

Y ahora mismo, no nos vemos capaces de exhibir como mérito la maravillosa crítica que nos ha dedicado un crítico. Si denostamos las malas críticas y sus autores tan vehementemente, ¿cómo vamos a alardear de las buenas? Esto que puede parecer síntoma de madurez se me antoja, en cierto modo, decepcionante. Era más emocionante aquella otra realidad en la que esperabas ansioso una crítica, cuando aguardabas en el quiosco nocturno de la Glorieta al repartidor del periódico, donde escribía el crítico que alguien había identificado en la platea el día del estreno. Puede que los críticos no hayan sabido mantenerse en la cazuela donde la profesión siempre les ha profesado gran admiración, no exenta de temor. Sin embargo, ¿quién les puede reprochar falta de rigor, interés, amplitud o ecuanimidad jugando en un tablero tan pobre y destartalado? Y sí, la reflexión escrita sobre lo que hacemos es fundamental, puede que la crítica no sea la expresión más afortunada de este quehacer; pero la devaluación de quienes la practican, nos perjudica a todos porque estamos menospreciando una parte muy importante de nosotros mismos, y esto es un organismo cuya pervivencia depende del equilibrio que unas partes proporcionan a otras.

Y diciendo esto me veo en la obligación de citar algunos nombres: Nel Diago, Josep Lluís Sirera, Virgilio Tortosa, Inma Garín, Julio Máñez, Ramon Roselló, Quique Herreras, Rosa Molero, José Vicente Peiró… Bueno, me río por debajo de la nariz porque he despotricado mucho sobre alguno de ellos, supongo que eso no me inhabilita para mostrar mi respeto a su labor.

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