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TEATRO VALENCIANO Un canon impensado (5)

Después de las cuatro tentativas precedentes siento que me escurro definitivamente por la madriguera. En la caída distingo un nuevo objeto teatral que me envuelve por completo mientras lo atravieso; el Teatro Escalante.

Este espacio ocupa en mi vida una extensión tan ancha que se me antoja inabarcable. Y quiero evitar un sumergimiento a demasiada profundidad porque sé que me atraparía una suerte de fantasmagoría aún pendiente de afianzar.

Uno de mis primeros recuerdos de espectador ligados a este entrañable lugar es el éxito de Juli Leal “Hasta aquí llegó la riada” (1982); la alegría desvergonzada que provocaba aquel cachivache escénico seguro que tenía mucho que ver con la atracción de su director por la Revista y el Teatro de Variedades, tan popular en Valencia en las decadas precedentes. Fue éste otro caso de grata confluencia que provocó un pequeño fenómeno de éxito espontaneo. El entusiasmo que despertaba en el nuevo público el desparpajo de aquellos jóvenes deslenguados tuvo un efecto muy refrescante en su momento aunque no sirvió de espoleta de un teatro valenciano que hubiera podido explotar y expandirse como sucedió en Cataluña, y luego en toda españa, con el montaje Antaviana de Dagoll Dagom. Y eso que apuntaba ideas, contenidos, y sobre todo maneras, más libres, insolentes e incorrectas que las que sostenían el histórico espectáculo catalán.

En este primer Teatro Escalante empezó a perfilarse una manera de concebir un nuevo teatro valenciano creado y producido desde las compañías independientes, ahora autodenominadas empresas productoras. Éstas han acabado reorientándose hacia una linea de creación cada vez más desvinculada de inquietudes sociales y políticas perdiendo así, en gran medida, el espíritu que originó el movimiento de teatro independiente surgido en la década de los 70. Estas iniciativas privadas conformarian en los años siguientes un influyente grupo de empresas muy activas que determinarían una concepción y práctica del teatro muy específica de la realidad valenciana previa a la gran crisis económica del 2008.

Pero el Teatro Escalante, al acoger el proyecto Teatro de los Sueños en 1985 e inaugurar con él un ambicioso plan de producción y exhibición de Teatro para niños adquirió por si mismo una importancia esencial para el conjunto del Teatro Valenciano. Este proyecto, aunque haya sufrido cámbios y reorientaciones, en esencia, ha mantenido una linea de producción y programación coherente a lo largo de los últimos 35 años, y casi todos los que nos dedicamos a este oficio hemos tenido una intensa relación con este longevo proyecto y mantenemos en mayor o menor grado un vínculo sentimental con él. En las multiples conversaciones que he tenido a lo largo del tiempo sobre el talante y filosofia que se desprendía de su gestión (me refiero a los 30 años de Vicent Vila) las opiniones han sido bastante diversas y en muchos casos enfrentadas.

Pero no me veo capaz de repasar ese tiempo, la implicación personal que tuvimos al principio me restaría credibilidad: estrenamos en este Teatro un espectáculo clave en nuestra trayectoria: Pinotxo (1989) y poco después, uno de los fundadores de Bambalina,Vicent Vila, se hizo cargo de la dirección del Centro. Sin entrar a considerar el hecho de que de que mi propio hermano es, desde ya hace un tiempo, el nuevo director de esta iniciativa.

Pero tampoco quiero que estas circunstancias desvirtue mi consideración hacia este Teatro y su enorme peso en el frágil microcosmos valenciano, ahora mismo, y en todo el tiempo que me reconozco como integrante del mismo.

 

En realidad quería recordar un montaje emblematico, desde mi punto de vista, que se estrenó, entre otros, en la Escalante, después de la primera colaboración inicial con José Luis Castro. Lo destaco porque para mí, lo que sucedió o -mejor dicho- dejó de suceder con él, representa una constante en nuestro devenir: la ausencia de una conciencia activa y coordinada que sepa reconocer , dimensionar y propagar un autentico hito cuando éste sucede. Se trata de el Tarzán de Rafa Rodriguez. Repasando su ficha artística se constata inmediatamente que se trataba de un cúmulo celeste excepcional. El planteamiento escénico, la dimensiones de la producción, la ambición general del proyecto… todo era novedad y despertaba grandes espectativas. Otra luz.

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