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¡PREMIOS DE TEATRO! KITI KRAFT



Premio Max 2018 al Mejor espectáculo infantil, juvenil o familiar


Después de más de 35 años haciendo representaciones a lo largo y ancho de este mundo y un número equivalente de espectáculos estrenados en todo ese tiempo ha llegado el día en que, sin esperarlo, nos han puesto en las manos una imponente escultura de Joan Brossa: la manzana enmascarada. Una superheroína que pesa un huevo, como ha de ser, para reforzar la idea de que se trata de un premio gordo. Semejante sorpresa nos fue dada una calurosa tarde de junio en la gala anual que organiza la Sociedad General de Autores de España para entregar sus galardones; los premios Max, en el teatro Cartuja Center CITE de Sevilla, en el transcurso de un acto que fue retransmitido por La 2 de Televisión Española (TVE). Este evento es considerado por el conjunto de la profesión la fiesta anual del teatro y los premios que allí se entregan gozan del mayor prestigio. Creo recordar que hemos estado nominados en el pasado en tres ocasiones, aunque de eso ya debe hacer muchos años porque ya ni pensábamos en los Max y ni siquiera considerábamos posible que un trabajo nuestro pudiera volver a formar parte de la terna de finalistas. Se nos informó, como a todo el mundo, que estábamos nominados este año y esto ya supuso un gran sobresalto, así que cuando Paco Mir y Ana Graciani abrieron el consabido sobre y pronunciaron el nombre de nuestra compañía me sobrevino una estupefacción ciclogenésica explosiva paralizante difícil de explicar, pero lo más extraño es que en una milésima de segundo semejante impresión se reconcentró distorsionando la curvatura espacio-tiempo y se me desconectó el cerebro… o quizás pasó a un nivel de consciencia superior o inferior… no lo sé, el caso es que cuando salimos del escenario y había acabado de pasar todo aquello no conseguía recordar nada de lo que había dicho y hecho, pero me temía lo peor. Me quedé con la sensación de haber estado atropellado e incomprensible en el agradecimiento y solo pude librarme, relativamente, de esta paranoia cuando conseguí ver el momento en imágenes dos días después. Tenía tantas cosas que asimilar con la breve experiencia que entré en colapso vital disimulatorio, e inmerso en él me mantuve las siguientes dos semanas. Si lo explico con detalle morís. Intento hilar algo al respecto procurando no extralimitarme… ¡Ejem!

 

Los que me conocéis sabéis que mantengo una posición un tanto escéptica respecto a los premios en general y me habréis oído decir en muchas ocasiones… Que si suelen ser arbitrarios e incompresibles, que los minusvaloramos cuando se lo dan a otro y cuando nos toca a nosotros explotamos de vanidad, que los que los dan y organizan suelen premiar a los que ya tienen fama y prestigio para que los asimilen a ellos, que es ridículo valorar los trabajos artísticos en un contexto competitivo, que es otra trasposición directa y sin reflexión del patrón cultural anglosajón y que condicionar el sentido de nuestro trabajo al reconocimiento y al éxito  parece muy poco saludable ya que acarrea mucha más desazón y frustraciones que confort y autoestima: la inmensa mayoría es la que no recibe premio alguno.

Por otro lado he dirigido, decorado y hecho el guion de unas cuantas galas de premios y es que debo admitir que hay algunas cosas que me pierden de este invento de la estatuilla. Lo que más;  la absoluta y general identificación que despierta una persona con premio en mano dirigiéndose al mundo en su totalidad para decir esa gran frase que ha estado destilando durante décadas de paciente espera: “-Quiero dedicar este premio a mi madre allá dónde esté”.

En serio, hay cosas bellas en un acto de reconocimiento colectivo a una persona por sus méritos artísticos o profesionales. Todos los que nos empleamos en oficios artísticos padecemos esa desorientación típica de quien no está seguro de nada y recae constantemente en la melancolía y uno de los pocos remedios efectivos contra este mal son los premios, que a pesar de todos sus efectos secundarios, atenúan durante un tiempo los síntomas de esta rara enfermedad. También me encanta la opción de reivindicar desde el escenario, en tu minuto de gloria, el último desatino de un ministro, la libertad de los presos políticos o el peligro de extinción de las abejas por el efecto de los pesticidas. Hay muchos que piensan que es una equivocación menoscabar el tono lúdico y promocional de estas celebraciones con quejas y protestas personalistas y que al hacerlo echamos piedras a nuestro propio tejado. Discrepo,  cuando Pequeña Pluma rechazó el Oscar concedido a Marlon Brando por el Padrino para denunciar la humillante imagen de los indios nativos americanos que históricamente había reflejado la industria norteamericana del cine me pareció un acto tan noble y hermoso que quise ser aquel Marlon Brando si algún día recibía un premio (perdón por la inmodestia). Rechazar por una noble causa es mucho más cautivador que aceptar, ¿no? Bueno, lo cierto es que siempre que me he enredado en guiones para estos tejemanejes no me he podido sustraer a la denuncia, aunque teniendo en cuenta los años que hemos dejado atrás… Es que resultaba imposible contenerse a la mínima oportunidad que te concedían para hablar.

Volviendo al Max, quería dejar constancia del momento más alucinante de todos los vividos aquella noche. Al salir del escenario con la manzana en la mano un regidor nos condujo por un laberinto, entre bambalinas, a una sala de prensa contigua donde se debía hacer algo… Se accedía en ascensor y cuando se abrieron las puerta los compañeros de Bullanga Teatre que acababan de recoger el Max del público, y ya se encontraban allí, montaron una apoteosis tan auténtica de gritos, besos y lágrimas que nos ensancharon el contenedor emocional hasta ponerlo al borde de la detonación eufórica incontenible. Juntos creamos un momento tan intenso y emotivo que recordaremos siempre. Gracias Vicent Domingo, Adrián Novella, Resu Belmonte, Jorge Valle y Miquel Arnau.

He de confesar que, para evitar la posible decepción si no nos lo daban, viajé a Sevilla totalmente mentalizado para el no y cuando fue que sí me pilló con el paso totalmente cambiado. Gracias a Marisol, Juanma y Arancha (incluyendo también a Ruth desde la distancia), ya que cada uno, a su manera, sí que me hicieron sentir lo extraordinario de aquella noche por los nervios y el entusiasmo que en ellos veía desde el primer momento y que yo me reprimí… ¡Maldición! Viendo la foto, parecemos los titiriteros más glamurosos del medio este.

Añado a esta foto a Ruth Atienza, Miguel Àngel Camacho, Oscar Jareño, Josep Pérez, David Sánchez y Jaume Marco que por distintos motivos no pudieron estar presentes y los echamos de menos. También eché de menos a mi hermano Josep y a Ángeles González porque el ambiente en el teatro me trajo a la memoria ocasiones anteriores en las que, estando juntos, hubiera podido darse la sorpresa y no se dio. Hemos de calcular cuántos bocados a la manzana les corresponde. Bueno, y también le dejamos morder a Victor Antón con todo lo enfadado que sigue conmigo por haberse enterado por la tele. Lo siento, Victor, fue sin querer.

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