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LA ÚLTIMA FUNCIÓN DEL AÑO

Ha sido como una duplicación del bolo del día 22 de diciembre en Donosti; el mismo trayecto en coche, el mismo horario, mismo país, escenario prácticamente idéntico… En este caso era una programación navideña más amplia y como actividad complementaria se mostraba una exposición de títeres en una sala del Centro de Cultura de la ciudad, por cierto, impresionante. La exposición era del titiritero y constructor Francisco García del Águila, pudimos ver muchos de sus últimos personajes; verdaderas obras de arte confeccionadas casi exclusivamente con materiales textiles. Figuras magnéticas hechas con una sensibilidad exquisita que se manifiesta en el primor y el extremo detalle con el que han sido construidas. Trascendía el amor absoluto del creador hacia sus criaturas y como titiritero he sentido una antigua emoción al contemplar estas figuras. Emoción que tiene mucho que ver con esa inexplicable relación que nace entre títere-titiritero en el momento en que el primero se va encarnando en las manos del segundo.

Vino a vernos otro amigo de José, en este caso vasco, Ioseba. Nos hizo de anfitrión y a pesar del poco tiempo del que disponíamos aún tuvimos ocasión de ver el puente colgante de Getxo e irnos de pintxos por la ciudad siempre con sus amables explicaciones de fondo, su confortable coche e incluso su directa e inapelable invitación a cenar. Un verdadero vasco.

Paseamos por el centro de Leioa -que según Ioseba, hace unos años, ni siquiera podía ser considerado un pueblo- una pequeña iglesia con el cementerio contiguo. En el paseo José me contaba la extraña fascinación que siempre había sentido por estos lugares y me habló de su juventud en Cuba cuando estudiaba en la Escuela Superior de Arte, cercana también al cementerio de La Habana. Le gustaba aislarse en este mundo poblado de espíritus cuyas extravagantes residencias construidas en mármol formaban un escenario fabuloso donde se podía sentir una tranquilidad única. También me contó una historia tétrica , morbosa y sobrecogedora a la vez; la historia de la Milagrosa: una mujer que que fue enterrada con su hijo a los pies (según la tradición) por morir ambos en el parto y que al ser exhumados sus restos años después se vio que murió con su hijo en brazos, deduciéndose por este hecho que había sido enterrada en vida. Se adora a esta mujer como a una santa y la gente le demanda milagros. José me contó como veía a los devotos de la Milagrosa separarse de la tumba caminando hacia atrás por evitar dar la espalda y el mal efecto que esto pudiera suponer.

La función, por no ser pesado, os la imagináis.

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